"Quiero ser un niño normal, pero no puedo", dice Saúl, hijo de la indocumentada mexicana Elvira Arellano, ahora que le ha tocado sumarse a la lucha para abogar por los migrantes mexicanos en Estados Unidos.
El niño de nueve años llegó desde el sábado a Chicago para participar en los eventos organizados por el movimiento pro inmigrante, incluyendo la marcha masiva del próximo 1 de mayo.
Saúl vino en representación de su madre, quien pasó un año encerrada en una iglesia para eludir una orden de deportación, hasta que fue detenida en agosto pasado y conducida a Tijuana.
Esta semana, el menor participó en una conferencia de prensa con otros niños que integran una campaña en contra de la separación de familias por las deportaciones, en la que dirigió apenas unas cuantas palabras.
El fin de semana estuvo presente en un servicio religioso de bievenida realizado en la iglesia metodista Adalberto, donde encontró refugio con su madre.
Saúl se mantuvo serio y evasivo, y ante la insistencia de algunos medios de comunicación por arrancarle alguna declaración, expresó: "quiero ser un niño normal, pero no puedo".
El pequeño, quien nació y estudió hasta el tercer grado de primaria en Estados Unidos, cambió ya el inglés por el español como lengua principal.
Por eso recurrió a Ema Lozano, su madrina y dirigente del grupo Centro sin Fronteras, para que tradujera sus palabras y respondiera una pregunta que le hizo un reportero en inglés.
"Dice que él debería ser un niño libre, y no un niño que tiene que luchar continuamente para defender a su madre", puntualizó Lozano.
Saúl reconoció que le causa un poco de nervios participar en una protesta masiva como la que se prepara para el jueves 1 de mayo en esta ciudad.
En las escasas declaraciones que hizo, afirmó que se sentía contento de vivir en México en completa libertad y al lado de su madre, como sucede desde hace más de ocho meses.
Durante el servicio religioso, el pastor Walter Coleman destacó el papel de Saúl como un símbolo de lucha por la unidad familiar y en contra de las deportaciones.
El niño entregó un obsequio y un mensaje de aliento de parte de Elvira a Flor Crisóstomo, quien lleva tres meses en la misma iglesia, convertida en santuario, para evadir una orden de deportación.
Y es a ella a la que buscó cuando llegó a la conferencia de prensa, tratando de apartarse de los otros pequeños y protegerse de las preguntas de los reporteros.
Vestía un pantalón de mezclilla, una camiseta roja y la chamarra de su nueva escuela "Juana de Arco". Ahora luce más delgado y con raspones ocasionados en sus múltiples juegos.
Con monosílabos y volteando la cara eludió preguntas, actitud que confirma lo difícil que sigue siendo para el niño mantenerse involucrado en una lucha que por su corta edad no logra entender totalmente.
Mientras vivió en el encierro con su madre, Saúl solía decirle cuando hablaba del tema: "es que es tan difícil, mamá", según relató Elvira en ese tiempo.
Sin embargo, el pequeño no se negó a encabezar simbólicamente a un grupo representativo de los cerca de cuatro millones de niños cuyos padres fueron deportados o sufren la amenaza de la deportación.
Con el Centro sin Fronteras, participó en la presentación, ante la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, de una demanda colectiva en contra del presidente George Bush por la separación de familias de 200 niños de padres indocumentados.
Viajó a México en 2006 para abogar por su madre ante el Congreso de ese país, y varias veces a Washington para encabezar mítines frente al Capitolio y la Casa Blanca.
Saúl estaba preparado por Elvira para el momento de la deportación que los separaría, la cual parecía inevitable, pero cuando llegó el momento, el niño no pudo controlar un llanto desesperado.
Sin embargo, trató de ser fuerte aquella tarde de agosto, y durante una conferencia de prensa, cuando alguien le preguntó si quería ir a ver a su madre a Tijuana, respondió "No".
La pregunta se le volvió a formular, y Saúl respondió nuevamente "No", tal vez pensando que con eso mostraría que estaba cumpliéndole a su madre y evitando su preocupación.
En un principio Elvira decidió que él se quedara en Chicago a ejercer su derecho como ciudadano estadounidense, pero en pocos días cambió de opinión y pidió a Ema Lozano que se lo entregará en Tijuana.
Ahora, Saúl dice que vive feliz en Michoacán con sus abuelos, tíos, primos, su escuela en español y su bicicleta. Cuando tiene descanso acompaña a Elvira en su activismo en defensa de los inmigrantes mexicanos.
Pero frecuentemente prefiere quedarse en casa y esperarla, aunque sabe que el compromiso que tiene con su madre y su circunstancia le impiden ser totalmente un niño normal.
Terra/Notimex